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:::EVANGÉLICOS Y POLÍTICA:::



Juan Sepúlveda González Teólogo e historiador, Director de Desarrollo y Planificación Institucional de SEPADE Quiero situar esta reflexión en el campo de la autopercepción que los evangélicos hemos tenido de nuestro lugar en la sociedad chilena: ¿Nos hemos visto a nosotros/as mismos/as como protagonistas importantes del acontecer nacional en todos sus ámbitos? ¿O hemos reducido nuestro protagonismo a la propagación de nuestra fe? ¿Hemos asumido la sociedad chilena, en toda su complejidad, como un campo legítimo de nuestra responsabilidad cristiana? ¿O la hemos visto solamente como el escenario o territorio de nuestra acción evangelizadora? Como el mundo evangélico chileno es bastante heterogéneo, la respuesta a estas preguntas podría variar considerablemente si la referimos a tal o cuál denominación, o a tal o cuál orientación teológica. Por lo tanto, me conformaré con referirme a lo que en determinado período aparece como la tendencia dominante en el “pueblo evangélico” considerado en su conjunto. Siglo XIX: los pioneros de la presencia evangélica en Chile A lo largo del siglo XIX la presencia evangélica en Chile fue, desde un punto de vista estadístico, bastante insignificante. De hecho, según el Censo de Población de 1907, para entonces los protestantes en Chile apenas alcanzaban un 1% de la población total, y gran parte de ellos correspondía a residentes extranjeros. El crecimiento de las iglesias evangélicas entre los chilenos recién había comenzado a notarse hacia fines del siglo. Considerando su escasa significación numérica, llama la atención que la historia del siglo registre varios episodios interesantes de participación evangélica en el acontecer nacional. Diego Thomson, el primer misionero protestante en ingresar oficialmente al país (1821), vino contratado por el gobierno de Bernardo O’Higgins para organizar escuelas populares. Aparte de su conocida labor educativa y de difusión de la Biblia en castellano, Thomson estuvo involucrado en iniciativas para promover la inmigración europea. A pesar de que esos esfuerzos fracasaron, el caso de Thomson muestra a un evangélico bautista participando activamente en los asuntos públicos en los inicios de nuestra historia republicana. Más tarde, la necesidad de conquistar un espacio para la libertad religiosa en la sociedad chilena exigió un alto nivel de participación en el debate político por parte de los pioneros del cristianismo evangélico. La participación de las jóvenes comunidades evangélicas, con el liderazgo indiscutible de David Trumbull, misionero congregacionalista que eventualmente se transformó en el fundador de la obra presbiteriana en Chile, fue crucial para la promulgación de leyes tales como el matrimonio civil, los cementerios laicos y la creación del registro civil (1883-1884). También fue muy importante su contribución al desarrollo de la educación laica. Podría pensarse que este tipo de participación en la sociedad respondía únicamente a intereses corporativos, es decir, al propósito de crear condiciones favorables al crecimiento evangélico. Sin embargo, en esa época la participación evangélica iba claramente más allá de la defensa de intereses propios. Los evangélicos trataron de contribuir, en colaboración con determinados sectores políticos (liberales y radicales) y sociales (artesanos y obreros), al desarrollo de una sociedad más democrática y pluralista. Por ello, las publicaciones y revistas evangélicas dedicaban muchas páginas a temas de interés nacional. Antes de finalizar el siglo algunas personalidades evangélicas habían sido elegidas como representantes en el poder legislativo. En 1888 Ricardo Trumbull L., abogado presbiteriano y miembro del partido radical, fue elegido diputado suplente por Concepción y Talcahuano, y en 1891 diputado titular por Rere y Puchacay. También en 1888 Víctor Korner A., miembro de la congregación alemana de Valdivia, fue elegido diputado titular por esa ciudad, en representación del Partido Liberal. Antes había sido diputado suplente. Estos pocos ejemplos nos sugieren que los pioneros de la presencia evangélica en Chile imaginaron un pueblo evangélico bastante involucrado en la construcción de nuestra joven República. Ellos se vieron a sí mismos a la vez como reformadores religiosos y reformadores sociales. Como se evidencia en escritos de Trumbull, que representan bien el pensamiento misionero de la época, la obra misionera estaba destinada no sólo a la conversión de individuos, sino a la promoción de bases más firmes para el desarrollo de la sociedad chilena: “Sabido es que la sociedad religiosa modela a la sociedad civil, que según sea la religión del hombre, así será su vida pública y privada [...]. La Reforma, al contribuir el arraigo de los principios democráticos y libertarios en la política, como el trabajo, industria e instrucción en la economía, está indisolublemente ligada a ellas. Por lo que, si una nación adopta estos principios sin antes haber efectuado una reforma religiosa, no podrá mantenerlos por mucho tiempo, ya que la religión tiene una íntima relación con la política, como tiene también con los negocios, la sociedad y los hogares”. El lema “Chile para Cristo”, que ya encontramos en documentos del siglo XIX, tenía entonces esta doble significación. Por estas mismas razones, gran parte de los esfuerzos misioneros en este período se orientaron concientemente, aunque sin mucho éxito estadístico, hacia aquellos sectores sociales que estaban en mejores condiciones de influir en los destinos del país. Siglo XX: las iglesias evangélicas se arraigan y crecen significativamente en Chile Fue a lo largo del siglo XX que las iglesias evangélicas lograron echar raíces e iniciar un notable crecimiento en la sociedad chilena. El último Censo de Población del siglo (1992) mostró que protestantes y evangélicos en conjunto alcanzaban el 13.2% de la población de 14 o más años de edad. ¿Se tradujo este crecimiento numérico en un aumento de la capacidad evangélica de influir en los destinos del país, como esperaban los pioneros? En efecto, durante las primeras décadas del siglo XX, algunos líderes evangélicos e iglesias se destacaron en varios ámbitos de la vida nacional: el campo de la educación, el trabajo con comunidades indígenas, la organización sindical, la formación de partidos políticos, la promoción del voto y la participación política de las mujeres, el ejercicio de cargos de gobierno provincial o regional, etc. Se trata de una historia poco conocida por las recientes generaciones evangélicas, pero que vale la pena rescatar. Sin embargo, a medida que avanzaba el siglo, la tendencia más dominante y visible del mundo evangélico pareció revertirse rápidamente, hasta el punto que un conocido estudio sociológico del protestantismo en Chile, realizado entre 1965 y 1966, lo caracterizó como “el refugio de las masas”. Aunque muchos aspectos del estudio de Christian Lalive han sido puestos en cuestión, su caracterización del pueblo evangélico chileno no fue muy diferente de lo que muchos observadores externos percibían sin necesidad de un estudio sociológico: dirigentes sindicales, políticos y sociales solían reclamar que los evangélicos no participaban en sus demandas y movilizaciones sociales, mientras que los patrones solían preferirlos como trabajadores disciplinados y no conflictivos. Tampoco esta percepción era contradicha por lo propios evangélicos. Por el contrario, la prédica y enseñanza interna predominante parecía confirmar y justificar este rechazo a la participación en los asuntos públicos: “el cristiano no debe meterse en política”. Conviene aclarar, en todo caso, que esta tendencia evangélica dominante de abstenerse de participar en la sociedad nunca significó una completa “separación del mundo”. La participación responsable en el mundo del trabajo, la obediencia a las leyes, e incluso la participación en los procesos electorales, siempre fue considerada como una obligación para el cristiano. Lo que se desaconsejaba era la participación activa en organizaciones sociales, sindicales o políticas, así como en las acciones o movilizaciones sociales convocadas por éstas. También se recomendaba apartarse de algunas manifestaciones de la cultura popular o nacional (las fondas, la cueca, etc.). Es cierto que ya hacia fines de la década iniciada en 1960 algunos sectores del mundo evangélico comenzaron a mostrar un renovado interés por participar en los asuntos públicos. Pero la interrupción del sistema democrático en 1973 y el discurso muy negativo sobre la política y los políticos del Régimen Militar, permitieron que la tendencia evangélica contraria a la participación social volviera a ser dominante. Aunque durante la última década del siglo, coincidente con el proceso de retorno a la democracia, volvió a dar lugar a un renovado interés evangélico por la cosa pública, este interés se concentró fundamentalmente en el logro de un nuevo estatuto jurídico para las iglesias y organizaciones religiosas no católicas. Haciendo un balance global, el siglo XX nos muestra una situación paradójica: aunque fue en este período que las iglesias evangélicas alcanzaron niveles significativos de crecimiento, echando raíces permanentes en el suelo chileno, en este mismo período el pueblo evangélico parece haberse sentido mucho menos llamado a participar en la construcción de la sociedad chilena, en comparación al sentido de responsabilidad social que mostraron los pioneros extranjeros del siglo XIX. ¿Qué factores podrían ayudarnos a entender esta visión predominantemente negativa respecto a la participación evangélica en los asuntos públicos en este período? ¿Por qué durante la mayor parte del siglo XX muchos evangélicos parecen haber vivido su identidad evangélica a contrapunto con su identidad nacional? Sin pretender agotar el debate respecto a estas preguntas, me parece pertinente sugerir dos factores. El primero, más bien sociológico, se refiere a las características predominantes del crecimiento evangélico en Chile durante el siglo XX. Si los pioneros del siglo XIX aspiraban a alcanzar prioritariamente con la fe evangélica a los sectores más cultos e influyentes de la sociedad chilena, en los hechos el crecimiento evangélico más notable se concentró en los sectores más pobres (urbanos y rurales) y excluidos. El protagonista principal de este crecimiento parece haber sido el movimiento pentecostal chileno, originado en el avivamiento de 1909-1910. Aunque sin lugar a dudas las demás denominaciones evangélicas también crecieron, si bien con ritmos diferentes, manteniéndose así una considerable diversidad dentro del mundo evangélico, el pentecostalismo se constituyó en el rostro más visible de lo evangélico en la sociedad chilena. Debido al cisma de 1910, el pentecostalismo pasó a ser una forma de protestantismo nacional y autónomo, bastante desconectado de la herencia y pensamiento misionero de los pioneros. Por otra parte, su inserción en el contexto de los sectores más excluidos social y culturalmente, sumado a su condición de minoría religiosa, se expresó en una auto percepción de marginalidad socio-cultural: somos considerados “ciudadanos de segunda clase”. Ambos hechos atentaron contra la posibilidad de que el pentecostalismo desarrollara una vocación de participación social. El segundo factor, más bien teológico, se refiere al impacto de la famosa controversia entre fundamentalismo y modernismo, que en Chile comenzó a hacerse sentir más o menos a partir de la década iniciada en 1940, pero con mayor fuerza a mediados del siglo. Esta famosa controversia, que comenzó a dividir al protestantismo norteamericano a fines del siglo XIX, marcó gran parte de los debates teológicos del siglo XX y tuvo un impacto específico en una polarización del movimiento misionero. Un polo comenzó a concentrar la acción misionera exclusivamente en el esfuerzo conversionista, mientras que el otro tendió a concentrarlo en la acción social. Aunque siempre hubo mediadores que procuraron mantener el equilibrio entre las dimensiones personales (o espirituales) y sociales de la proclamación del Evangelio, parece que en todas partes las iglesias evangélicas se sintieron forzadas a atrincherarse en uno u otro polo. En Chile, como en el resto de América Latina, el impacto de esta controversia llegó incluso a provocar divisiones eclesiásticas, y ciertamente produjo también una polarización interna del mundo evangélico como conjunto. Y aunque en los Estados Unidos el sector fundamentalista o conservador raramente ha sido verdaderamente ‘a-político’ – lo más frecuente es que ha sido abiertamente político – en Chile la influencia conservadora, que tendió a ser dominante, se expresó en un discurso con pretensiones a-políticas. Así, gran parte del liderazgo y la membresía de las iglesias evangélicas de las diversas tradiciones confesionales (no solamente pentecostales) asumieron y defendieron una concepción de la misión que enfatizaba exclusivamente el crecimiento eclesiástico, renunciando a otras formas más directas de influencia en la sociedad. ¿En qué está el “pueblo evangélico” a inicios del siglo XXI? Si bien nuestro balance global del siglo XX constató en el pueblo evangélico mayor distancia que cercanía entre su identidad evangélica y su identidad nacional, cabe señalar ciertos hechos de las últimas décadas que comenzaron a preparar el camino para una nueva actitud en los albores del nuevo siglo. Aunque la interpretación del comportamiento de las iglesias evangélicas bajo la dictadura militar puede ser objeto de interminable debate, tal vez en un aspecto podemos estar todos de acuerdo, a saber, que en ese conflictivo período de nuestra historia el mundo evangélico alcanzó una visibilidad pública sin precedentes. Tanto la sociedad política como los medios de comunicación tomaron nota de la significación de la presencia evangélica en Chile. La conciencia de que el mundo evangélico comenzaba a ser reconocido como un actor relativamente relevante – aunque bastante heterogéneo -para la sociedad chilena, necesariamente significó que el liderazgo de las iglesias, y especialmente de los organismos interdenominacionales, comenzara a hacerse nuevas preguntas acerca del papel de las iglesias evangélicas en la sociedad chilena. Esta nueva visibilidad social del mundo evangélico facilitó que, una vez iniciado el proceso de transición a la democracia, distintos sectores de la clase política manifestaran una nueva disposición para enfrentar el problema de la desigualdad jurídica entre la iglesia mayoritaria y las demás iglesias y organizaciones religiosas. Así se inició el largo y complejo proceso que culminó en Octubre de 1999 con la promulgación de la Ley Nº 19.638, que establece las “Normas sobre la Constitución Jurídica de las Iglesias y Organizaciones Religiosas”. Más allá de las implicaciones jurídicas concretas de esta Ley, su discusión, aprobación y promulgación implicaron un compromiso por parte de las autoridades públicas de vigilar que en las prácticas de todos los ámbitos del aparato estatal se respete la igualdad religiosa. Por su parte, el liderazgo evangélico no tardó en darse cuenta que este cambio implicaba a la vez nuevas y desafiantes responsabilidades para las iglesias evangélicas frente a la sociedad chilena. Todo esto implica que el “pueblo evangélico” parece estar encarando el inicio del siglo XXI con un nuevo sentido de responsabilidad social, que de algún modo evoca o rescata la visión que tenían los pioneros del siglo XIX. Si durante la mayor parte del siglo XX los evangélicos nos sentimos como simples peregrinos en esta tierra llamada Chile, todo indica que queremos enfrentar el siglo XXI como ciudadanos plenos. Es importante notar que esta nueva actitud no es propia sólo de determinados líderes o de una cierta elite evangélica, sino que traspasa a amplios sectores de base de nuestro diverso mundo evangélico. Esta nueva tendencia a asumir la sociedad ya no tanto como un mundo ajeno y amenazante, sino como un campo de responsabilidad, se expresa en diversos grados en lo que podríamos describir como el redescubrimiento del ministerio del servicio; en una nueva relación con la cultura nacional; y en un nuevo interés por la participación política. El redescubrimiento del ministerio del servicio se manifiesta en una multiplicidad de iniciativas para enfrentar problemas sociales específicos, destacándose especialmente la preocupación por las víctimas de la drogadicción y por la niñez en riesgo social. Mientras en muchos casos estas acciones de servicio se comprenden como un ministerio con legitimidad propia, fundamentado en el mandamiento de amor incondicional al prójimo, en otros casos se las asume como parte de una estrategia de evangelización, cuya finalidad última es la incorporación de los beneficiarios a la iglesia o grupo que ofrece el servicio. Se plantea, por lo tanto, el desafío de una reflexión bíblico-teológica que permita profundizar la comprensión del sentido y propósito del ministerio de servicio o diaconía; y de un intercambio de experiencias que permita enriquecer los estilos y metodologías de trabajo. Entre los evangélicos comprometidos en iniciativas de servicio es frecuente escuchar reclamos por la escasa visibilidad que tiene la acción social evangélica, y por la aparente discriminación a los evangélicos en el acceso a fuentes públicas de financiamiento. Estos problemas también demandan una mayor reflexión e intercambio de experiencias, ya que en gran medida se derivan del carácter informal de muchas de las iniciativas, lo que les impide cumplir con los requisitos formales y técnicos para actuar como ejecutores de políticas sociales. El cambio en la relación con la cultura se manifiesta por una parte en la creciente incursión en ámbitos antes vetados para los evangélicos como el teatro, la música popular, el deporte competitivo e incluso la comedia. Si antes se daba por sentado que un artista o deportista convertido debía abandonar su oficio si quería ser un buen cristiano, ahora se promueven ministerios específicos para acompañarles pastoralmente (agrupaciones de artistas o deportistas evangélicos). También se manifiesta en la proliferación de comunidades o congregaciones evangélicas con ministerios especializados para grupos juveniles adscritos a determinadas subculturas o tendencias musicales, jóvenes drogadictos, ex-convictos, u otros, sin temor a adaptarse a las características culturales y a la estética de tales grupos. El vertiginoso desarrollo de la radiodifusión evangélica también puede interpretarse como una manifestación de este cambio. Aunque los radiodifusores evangélicos suelen dar por sentado que su labor responde a una motivación evangelística, un análisis del lenguaje y estilo de la programación sugiere más bien que responde a una necesidad de visibilidad social y cultural del mundo evangélico. Otro signo es la incorporación al culto evangélico de estilos musicales y ritmos que antes habrían sido considerados mundanos. Todo esto muestra que si en el pasado la identidad evangélica tendió a definirse por oposición a la cultura o la sociedad que nos rodea (el “mundo”), acentuando por sobre todo la diferencia, ahora la tendencia dominante parece ser hacia la plena identificación con la cultura globalizada de la llamada postmodernidad. Estos cambios han sido tan rápidos, que ha habido muy poca reflexión acerca de sus implicaciones teológicas, eclesiológicas e incluso éticas. En el ámbito de la cultura también podemos señalar la nueva necesidad que siente tanto el liderazgo como el pueblo evangélico de tener opinión y participar en el debate sobre los llamados temas emergentes o “valóricos” de la sociedad chilena. Esto genera una cierta urgencia por hablar de asuntos que antes se callaban: sexualidad, orientación sexual, divorcio, violencia intra familiar, servicio militar obligatorio, etc. El nuevo interés por participar en política se ha expresado en la postulación de candidatos/as evangélicos/as en diversas elecciones, desde las municipales hasta las presidenciales, siendo hasta ahora únicamente el ámbito municipal, es decir, del gobierno local, donde han habido candidaturas exitosas (de concejales y alcaldes evangélicos). La disposición de personas evangélicas por ingresar al campo de la política y el servicio público ya no parece ser una conducta aislada, mirada con sospecha por el pueblo evangélico en general. Al contrario, parece haberse instalado la opinión de que es bueno que el mundo evangélico esté presente también en este campo, lo cual significa que la política está dejando de ser vista como algo esencialmente malo o ajeno para el cristiano. Lo interesante es que las pocas candidaturas exitosas han sido presentadas a través de diversos partidos políticos, tanto de oposición como de gobierno. Esto sugiere que la cultura política del mundo evangélico valora el pluralismo y reconoce el carácter laico de la actividad política. (Extracto).

EQUIPO SIN CENSURA - 22/06/08

 

 

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