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:::TRES PUCHOS PARA IR Y VOLVER.:::

PROXIMA PARADA: LA FRONTERA. (Dedicado a esos rostros y universos que he tocado bajo el techo inmenso de 3.12 MT de alto en la Escuela Gato Alquinta. En especial para C.I.) Un acto de magia!. Soñé con el año nuevo del 2004. Ya entrada la mañana, saludando al nuevo sol de aquel año, con Inaldi nos dirigimos hacia el que sería nuestro futuro empeño. Una casona vieja y destartalada en la cabecera de un barrio que aun sobrevivía en la tranquilidad vecinal, la pereza del domingo, los niños jugando a la pichanga en sus calles conviviendo naturalmente con los paisanos que nunca alcanzan a llegar después de la algazara y la juerga de la noche; que dormitan la mona tirados en la primera acera que encontró el cansancio. Calle Bulnes, la calle del comercio, de las micros, de los amarraderos de caballos en otro tiempo, cuando el cazador de leones exhibía en mi niñez el cuero del animal y los cachorros que quedaron al final de la persecución. Del olor a frutas y verdura fresca los lunes, los miércoles y viernes. De la Quelita, la Verdulería “El Palomo”, los Jeans de Don Hugo “Chicharrón”, El Liberal, el Cine Victoria, mi madre llevándonos a ver a Tarzán montando en una jirafa antes de misa, los tristes trabajadores el PEN y el POG, las epopeyas de mis barquitos de papel que surcaron la Bulnes de punta a cabo entre los peligrosos rápidos de las acequias de mi infancia. Para mi La Frontera de mi pueblo era justamente Bulnes con Huérfanos. Más allá vivía la familia de mi viejo que siempre me reprochaban las piernas chorreadas, los mocos colgando, el poco gentil hábito de los pies descalzos. Mi viejo en cambio, pagaba por lustrarle los zapatos, mientras mis condoritas se deshacían con el tráfago del verano. Qué importaba si un poco más allá, un árbol daría descanso a mis correrías con su sombra invaluable de verano. En el jardín de los departamentos, ocultaba mis plantaciones de ajos que un día la “Pínguera” asaltó devorando el tierno tallo. Debí haberle pegado pero en realidad ni sabía para qué los plantaba. Cultivaba la paciencia supongo. Adoraba verlos crecer y despuntar entre las plantas de la señora Guillermina. Todo terminaba cuando del segundo piso, soltaban al Chapala y la bandada de cabros chicos se subía al árbol más próximo esperando a que lo llamaran sus dueños, los Arquero. Si no, podíamos pasar horas encaramados en las ramas mientras nos rondaba con sus ladridos furiosos de perro nuevo y curioso. Salalanca en ese entonces estaba como bombardeada. Zanjas por todos lados pretendían encausar el agua de mis acequias. Todo lo sanearon, todo y un día, el caudal que corría por la Bulnes se secó como se secarían tantas cosas en mi vida. En cambio, recibí una cause propio, una pretensión de vida; un norte y la comprobación que para el 2000 no se acababa el mundo como decían todos, si no que por el contrario, para muchos de mis amigos y yo, empezaba. Viviríamos en la misma casa, donde seguimos jugando, donde cada acto es un mágico descenso hacia la infancia, porque la creación es así, un juego, un descenso hacia lo mas básico y puro de nuestros sentimientos, hacia el trazo esencial de la primera mirada, un paso mas allá del horizonte quemado en un mundo tan grande y tan pequeño a la vez que todo lo transforma el blanco, la monotonía de la vida en la tela pareja, y te dan unas ganas incontenible de rayarlo y transformarlo. Pero es un descenso, un párele contradictorio cuyo producto es el paso hacia la casa de al lado que es la niñez. El barrio bajo de los primeros y mas bellos errores, cuando la disculpa no constreñía los ánimos y el miedo se te aparecía en el sueño luego de unas horas en la noche contando historia de muertos, penauras y apariciones. En mi cama soñé contigo esa noche, soñé esas nuevas caras, esas almas que solidarizaron no sé en qué momentos y no sé por que causas con ellas mismas en un juego nuevo complejo. ¿Sabes que ahí, en la esquina de mi Frontera, Bulnes con Huérfanos, vivía don Vidal Cortés?. - ¿En que pasos andas Nino?. Nada. Salí a surcar mis acequias con barquitos d e papel y palitos de helado. Ví al cazador de leones, a mi hermano que será un físico aplicado de la NASA (¿?) vendiendo helados en las micros y en la esquina de Bulnes con Huérfanos, había dos tipos medio ebrios y dormidos, soñando con levantar una casa que ya se cae para jugar allí un juego que todavía no comprendo. Era el verano del 2007.

NINO CUEVAS - 15/01/2007

 

 

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