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::: Mi madre no era cualquier madre.:::



Mi madre no era cualquier madre. Mi madre nació para el día de las madres. Llegó el 13 de Mayo de 1927, fue la menor de 9 hermanos, ocho mujeres y un hombre. A ella la llamaron Marina.
A sus hermanas Aglae del Tránsito, Agueda del Rosario, Agripina Margarita, María Andrea y, al único hombre, Segundo, pero le decían Rosita, para molestarlo, por haber nacido entre tantas mujeres. Dos de las hermanas murieron , Glafirita era una y de la otra no me acuerdo el nombre, por su rareza. En esos años los bebés tan pronto nacían, morían, si no encontraban el remedio correcto, de esos que hoy tenemos a la mano para la fiebre o para un catarro. Mi madre nació en el norte de Chile, en la salitrera de Paposo, hija de Gumercindo, quien fuera Jefe de máquinas de ésta. Fue tanta su tardanza al llegar a este mundo que ni en la foto familiar aparece. Aunque María Andrea, la hermana antecesora, tiene una muñeca en su falda, como prediciendo
que vendría al mundo Marina: mi madre.
Todas las hermanas quedaron marcadas por el norte, siempre contaban su vida en el norte, lo próspera que era la familia y lo bien que la pasaron. Narraban que jugaban en medio del caliche
a la payaya y que para las fiestas patrias las vestían de traje nuevo y zapatos nuevos a cada una. Estudiaron en un internado de señoritas, en Iquique, pocos años más tarde de la mismísima matanza de la escuela Santa María. Nunca le puse tanta atención
a sus historias, yo era chica, y no me importaba la historia, pero me quedó grabado el valor del salitre, la fuerza que tuvo ese mineral para direccionar la vida de la familia, ya que así como primero les dio prosperidad, después se las quitó. Cuando salió el salitre sintético cambiaron sus vida, pues tal como una oleada de camanchaca, que nublaba el aire y con ello sus juegos, en plena pampa, este hecho nubló el destino de la familia que se trasladó
al centro de Chile, dejando atrás la vida nortina.
Mi madre por ser la menor apenas jugó con las hermanas mayores. Ella vivió en la pampa durante su primera infancia, por eso, cuando sus hermanas conversaban de las salitreras mi
mamá no recordaba. Todo ese mundo fue para ella inconsciente. Sin embargo, cuando la familia emigró a la zona central, mal que mal, su padre, Gumercindo, era Salamanquino, de origen, y quería volver a estos lugares del centro de Chile para disfrutar de la zona central , del campo, de sus frutas y de verduras, se inauguró un nuevo tiempo para mi mamá. Más o menos, en 1947, vivían en Quillota, en una quinta llena de árboles frutales. Esos fueron los años de los que mi madre tenía recuerdos. No muchos tampoco, porque ella más íntimamente, siempre se sintió tardía. Sentía que había llegado tarde. Tarde a la vida, tarde a la familia, tarde para jugar con las otras hermanas. Sin embargo, a pesar de su sentimiento y, por esas ironías de la vida, ella era la regalona de
su padre. Mi mamá contaba que en la mesa para el almuerzo, Don Gumercindo llamaba a Aglae la mayor y a ella la menor, las sentaba en una pierna a cada una, les hacía cariño y les decía que eran la punta y el cabo de la familia.
Posteriormente la vida siguió pasando por la vida de mi madre, y mi madre por la vida. Mi mamá, para variar, se casó tarde. Ya cuando nadie lo pensaba. Tenía 36 años. Así su insipiente carrera de peluquera se vio truncada por el enamoramiento que sintió por mi papá. Nadie en la familia pensó que ella viajaría a otro país que viviría varios años por allá, ni menos que me tendría.
Luego, pasada la segunda mitad del siglo XX, la vida de mi madre nuevamente cambió. Después de intentarlo una y mil veces con mi papá: se separó, arrendó una pieza en el puerto de Valparaíso, y se puso a trabajar.
Mi madre, la menor, la tardía, poco menos que la peor de todas, como ella me decía cuando estaba triste, transformó su vida y de paso la vida de toda la familia. Se atrevió a vivir en otro país,
a trabajar pasados los cincuenta años, en plena dictadura y crisis económica. Sufrió de tifus, se hizo pobre y aprendió a fumar. Por último, como no me podía criar, aprendió a vivir sin mí, sin sus hermanas y sin mi papá. En una pieza, típicamente porteña,
de altas, altísimas paredes, de un raro material, que resistió el terremoto del ochenta y cinco, de piso de madera, ese que en
el puerto lo enceran con cera roja o con parafina y que queda brillante hasta reflejarnos y hacernos resbalar, instaló los bienes que con su trabajo consiguió. Una cama nueva , una mesa negra, que más bien parecía de terraza, una cocina, que ella decía cuidaba para mantenerla como nueva, un ropero de esos de madera gruesa, un refrigerador que le dio su hermana María y
una tele a tubo blanco y negro. La pieza tenía una ventana que daba al pasillo que era medio redondo en esa casa, para entrar,
a modo de dato, la casa tenía una escala de treinta peldaños,
y al fondo de las cinco piezas que tenía a lo largo terminaba en un baño común, y en el tendedero común, una tabla que estaba en
el aire, como una especie de terraza frágil de madera y de mas o menos dos metros cuadrados, desde la que se sentía el viento porteño pasar en toda su intensidad y se divisaba el mar a la altura de la caleta Portales. Yo, ya hecha una adolescente, iba l
os Domingos a almorzar con ella. Entonces, ella me esperaba
con mis platos preferidos. Fricasé de repollo con queso derretido, pimentones rellenos de carne y leche nevada de postre. Mientras veíamos en su tele, la cultura entretenida o magnetoscopio musical. Nos sentíamos satisfechas, en esa pieza típicamente porteña que era como una secreta caverna suspendida en un recóndito cerro del puerto.
Luego, mi madre dejó esa pieza, y retomó su vida con sus hermanas, que más ancianas que ellas, en un extraordinario salto, cambiaron sus vidas en ciento ochenta grados. Todas partieron a Salamanca, yo creo que, internamente, querían volver a sus orígenes. Y mi madre, ya también anciana, las siguió, creyendo en sus arrumacos, en su compañía. Fueron diez años en la tierra de las brujas. Diez años de retroceso, de ahí para delante mi madre no se separó de su bastón, ni de su audífono, ni de su perro. No
sé por qué, pero todas las veces se vestía de negro y su perro
era negro. Comenzó a fumar en forma empedernida y a sentir celos furiosos por la forma de vida de mi padre. Empezó a soñar con su mamá y su papá, a mirar la luna y a ponerle nombre a las estrellas, esas que en Salamanca se ven claritas como tesoros de diamantes y de perlas, en el negro cielo. Me acuerdo que en nubladas y frías noches de invierno, cuando salíamos al patio a fumar, ella me contaba que cuando joven le decían “el largo viaje”, porque era alta y delgada. Finalmente, se fue. Ahora, la recuerdo y me siento un poco entre sus brazos cuando miro el cielo en la noche. Por lo demás, cuando me adentro en su infinito, entiendo por qué se vestía tanto de negro.

Artemisa - 20/05/09

 

 

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