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:::LO QUE SIGNIFICO LA REFORMA AGRARIA AL CONVERTIRSE:::



Un capitulo importante sin duda, inmenso, transformador, traumatizante, dramático y donde podemos encontrar elementos que nos permiten echar un vistazo a la identidad cultural de Salamanca, es el proceso de reforma agraria, que tuvo varias etapas, partes y el plan piloto en nuestra comuna. Se experimentó un poco aquí. Obviamente Salamanca a crecido, reconozco que lo ha hecho por que su gente es esforzada, por que al mirar atrás los sacrificios del pasado nos impulsa a mejorar, pero es un proceso unilateral, desgraciadamente. El proyecto de reforma agraria fue una revolución que comenzó hace muchos años, años que están perdidos por ahí en la historia y que no ha habido el ímpetu ni las ganas para rescatarlos. La primera aplicación de una reforma agraria fue por el año 1928 bajo el gobierno del Sr. Ibáñez; luego una segunda etapa en 1958 en el gobierno de Don Jorge Alessandrí y enseguida el proyecto de mayor embargadora, en 1966 bajo la administración de Don Eduardo Freí Montalva, continuando con una aplicación modificada en 1971 por el Presidente Salvador Allende y un cambio rotundo y arbitrario en 1976, cambio que cada gobierno le añadió, para ornamentarla, y distinguir su periodo, sin nunca, nunca, evaluar su implementación, sus resultados, pues todos buscaron su sello y su beneficio. Si, soy severo. Entonces, con razón hoy todo el proceso de reforma agraria y por las circunstancias mencionadas, con justicia o sin justicia se asocia a conflictos y contubernios políticos y sindicales. Y es cierto, pero no menos cierto es lo que significó para Salamanca y sus habitantes campesinos. En esta parte me hubiese gustado referirme a los ciudadanos de Salamanca, sin embargo, con severidad creo que en esa época los derechos de los ciudadanos eran tan desconocidos, como el respeto por la persona, por lo tanto eran habitantes del Choapa y Salamanca, y no hablo de hace muchos años, seguramente unos 40. En este capitulo intentaré no involucrarme políticamente, sino sólo seré un nuevo rescatador de lo que creo es parte de nuestra identidad cultural. Para poder hacerme entender en este tema deberé recrear algunos paisajes, agrestres pero hermosos que recorrí personalmente con un amigo campesino, y que me permite poder hacerme una idea de lo que quiero transmitir. La ruta óptima para encontrar lo que buscaba era, subir la parte baja del cerro caracha, que cruza al Tambo, desde donde se ubica la “Conservera”, esa dirección me llevaría por un camino tropero por sobre el canal Buzeta hasta llegar a un sector del Tambo bastante desconocido masivamente denominado “Las cabrerías de la higuera”. Fueron dos o tres horas subiendo y bajando, demás está decirlo, la panorámica del choapa y del valle de Chalinga eran extraordinarias. Fue una ardua ascensión, que nos permitió reconocer una extensa y reseca planicie cubierta de millones de piedras. Naturalmente estamos por sobre el canal “Buzeta”, en lo que se llama campo secano y sin un centímetro de agua para regar la tierra. Mi motivación era sólida, angustiante, andábamos en busca de los lugares en donde vivían los tambinos antes de la reforma agraria. ¿Cómo las personas pudieron haber vivido en este desierto con solo rocas y más rocas. Exacto, yo venía hasta aquí a buscar esa respuesta. Descansamos un poco, absorto contemplando la costra árida del suelo a los pies del cerro Caracha, dura y brillante por el sol. Mi interés, confundido con el agotamiento de pronto se agitó, yo estaba sentado en lo que había sido el cimiento de una casa, un piso, más allá otra y otra, era sin duda el lugar que yo buscaba. El lugar en donde habían vivido los peones y los inquilinos antes de la reforma agraria. Muchos otros cimientos cuadrados y dormidos por el peso del tiempo y del sol. Murallas de piedra y barro, testimonios mudos e impertérritos que si intentásemos comunicarnos con esos viejos muros nos mostrarían con su propio lenguaje lo que allí ocurría. Mucha cerámica superficial de carácter subactual, gruesa, de toscas terminaciones nos indicaba su condición utilitaria. Algunas piedras de moler, uno o dos bases de hornos para el pan, parecía que eran comunitarios pues en cada casa no hay vestigios de horno, solo pocos y aislados. Es difícil imaginar a tanta gente viviendo tan mal. Me introduje en la ruina de una habitación de dos piezas, no había nada, excepto una gran piedra a modo de mesa en el centro. La basura subactual me indicaba el quehacer diario, con escalofríos fui imaginando la vida de estas personas, viviendo aquí que con fortaleza y estoicismo soportando el despotismo de patrones y mandamases, realmente a la intemperie. Seguramente aquí sufrieron hambre de ese que nosotros no conocemos, sentirlo y no tener con que acallarlo. Habrán conocido la benevolencia, la risa, el goce, o solo el instinto los mantuvo aquí; sostengo que sí. Confieso que estuve mucho tiempo contemplando toda esta escena de abandono y ruina.- Si, son las ruinas del antiguo Tambo a los pies del Caracha. En otro día, continué, vale decir, seguí la misma ruta hacia Tahuinco, caminando por la falda del cerro, que es donde vivía la gente, la otra tierra se explotaba, nuevamente sobrecogido, las mismas construcciones, mejor conservados aun. Aquí vivía la gente nuestra en tiempos pasados antes de la reforma agraria, me hago una fotografía imaginaria, muchas viviendas de piedra con barro, un reencuentro con la vieja memoria sepultada por el tiempo, casas de 1.80 de alto, de 2 metros de ancho, por 4 metros de largo, una al lado de la otra, techada seguramente con paja de trigo y totora, pues no hay vestigios de tejas ni de latas de zinc. Unos servían de dormitorio, otros de cocina fogón y una para guardar como bodega y un corral al lado, cerca para sentir los animales en la noche entre el sueño. Seguramente cabras. Fue una experiencia, extraordinaria al alcance de todos, aquí mismo en nuestra comuna, visitar y reconocer estos sectores para ir encontrándonos con nosotros mismos, los de hoy y los del pasado, claro que hay que caminar, no es cómodo llegar allí. Seguramente soñaron, y de entre esos sueños nunca se imaginaron la posibilidad de ser dueños de la tierra que trabajaban insensiblemente, con dolor y rabia. De seguro su mejor bien era tratar de comer bien, tener que comer y ser del sindicato que les permitía ciertos resguardos de los abusos diarios. La reforma agraria de la década de los 60, de pronto da inicio a la formación de cooperativas con consulta a los mismos gañanes, peones e inquilinos, se transforma la vida, los trabajos y los días, se expropian fundos, otros son entregados voluntariamente y comienza la vorágine de cambios sociales y laborales, sin embargo no cambia la irregularidad y la consigna permanente tampoco, el conocimiento es poder. Los empleados y burócratas continúan haciendo sufrir al campesino. Todas esas personas que vivían en esos terrenos descritos, con sus casitas de piedra y barro se convirtieron en miembros de la cooperativa y conocieron otros derechos y otras obligaciones para con la organización. Todo este periodo es digno de análisis, de estudio en terreno, en situ, ya que los antecedentes que existen solo se circunscriben a temas legales y administrativos, pero quién ha investigado que pasó con las personas protagonistas de estos cambios. Nadie lo ha hecho, como es habitual en este país. La crisis política cambió el mundo del comunitarismo y el incentivo a lo privado dio pie para liquidar las cooperativas y ya la tierra, de este modo, no alcanzó para todos, ¿y cómo?, si se entiende que era de todos. Son las aberraciones del quiebre. Hubo rebrotes de despotismo y “patronismo”, es fundamental señalar, a grandes rasgos, muchos que obtuvieron tierra en poco tiempo quedaron sin nada; algunos solo quedaron con sitio y casa, otros a la espera de los remates de los bienes que eran de todos quedara algo para compensar sus sacrificios y así recibir una indemnización que nunca llegó, pero que de algún modo hoy se sabe que para algún lado se fueron. La mayoría supo que hacer y hoy gozan del producto de sus sacrificios. El cambio fue bueno, pero fue brutal. La identidad cultural de un pueblo como el nuestro, en poquísimos años hizo crisis severa, se alojaron en la convivencia elementos de identidad nuevos, otros quedaron en el olvido a causa del trauma que iba por el lado de grandes intereses económicos. El elemento nuevo que merece ser citado aquí no es de los mejores, pero si de los importantes. Si en la década de los 60 las cooperativas eran de todos, es por que la tierra era de todos; cuando se parceló la tierra en el 70 que era de todos, misteriosamente no alcanzó para todos. Es como un problema matemático. Allí quedaron los rencores, las rencillas, los odios hasta este día que escribo, en Tranquilla, en el Tambo; en Tahuinco no hay reconciliación. El dolor que produjeron los españoles a nuestros indios fue grande; el dolor que produjeron los patrones y mandamases a nuestros campesinos fue grande y cuando las cooperativas alegraron el corazón de todos, enseguida en la repartija el odio de tantos años se traspasó a los campesinos, quedando nuevamente como depositarios del sudor, del sufrimiento, en familias, hermanos y vecinos, y los causantes, como siempre, no viven entre nosotros. Frecuentemente se habla que se necesitan planes de desarrollo agrícola para Salamanca, que la asociatividad es lo que se requiere; caramba digo, si eso era lo que teníamos, un plan de desarrollo y asociatividad que fue destruido. Estamos soñando el mismo sueño, sin embargo es la única solución al problema agrícola. Esa, nuestra identidad, esta llena de odio, necesitamos lo mismo que tuvimos, por eso el pasado perfectamente nos puede indicar el futuro, necesitamos una organización agrícola para enfrentar el futuro, si no, estamos obsoletos.

Alfonso Maturana León - 21-12-2006

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